Crecer es aprender a despedirse
Dicen que crecer es aprender a despedirse. De personas que ya no están. Algunas a las que he tenido que cerrarles la puerta. O las ventanas. Porque se habían convertido en ese ruido molesto al entrar en la autovía cuando no has cerrado bien una ventanilla. A despedirse también de olores, de sabores, de colores que antes veía más brillantes. De todas las ciudades que me han llevado a quien soy hoy. Que le han dado un sentido a mi nombre, con un acento, un apodo, un idioma. Pero crecer también es aprender a despedirse de versiones de mí que ya no existen. La que viajaba a otros mundos cuando leía. La que no miraba la hora mientras volvía a casa en Barcelona. La que decía que sí a todos los planes en lunes, jueves o domingo. La que tenía la maleta en la puerta cada semana. La que dormía en un colchón en el suelo con vistas al barrio de Gràcia. La que se mudó sin mirar atrás. La que cada viernes elegía peli, juegos y cena. La que se equivocó y la que acertó. La que cada fin de semana podí...