martes, 15 de agosto de 2017

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Algunos habéis aprendido a leerme entre líneas y os preguntabais el porqué de mi cambio de humor de ayer. La piscina, la cena y el trivial se convirtieron en golpe de realidad, de que crecemos y la vida sigue, pero la mía sigue estando entre maletas, puentes y casas de acogida.

Me gustaría pensar que soy como un torbellino, que paso como un huracán, sin que os dé tiempo a prepararos, rápida y sonora, que dejo un rastro a mis espaldas; pero soy más bien una brisa marina, que pasa de puntillas, breve e indolora, una corriente de aire cuando te queda la ventana abierta y entran los mosquitos. Pero en dos años (algunas más) me habéis hecho sentir tormenta tropical, sol y verano.
En dos años que empezaron en un autobús y otras pieles, bajo la lluvia y de Aventuras. Trenes, maletas e incluso aeropuertos. Kilómetros de más y sitios de menos. Peajes, patines y larguísimos paseos, a veces sin levantarse del sofá. Bajo distintos techos, pero la misma dulce rutina, la torpeza, el nestea y los vídeos cutres. La comida que siempre sobra y las horas que siempre faltan. Y es que hemos compartido desayunos, meriendas, comidas, cenas y mucho fuet. Despertares, puestas de sol y alguna que otra fiesta. Hemos conquistado Vigo, Coruña, Ferrol, Santiago, Pontevedra, Lugo e incluso algo más lejos. Nos hemos quedado dormidos de puro agotamiento, hemos cantado hasta quedarnos sin voz (unos más que otros) y nos hemos reído hasta llorar. Tardes de piscina, de playa, de rutas, de viajes, de planes, de promesas. Más noches de Trivial, pelis y juegos que las 1001 de Simbad y Sherezade.
De alguna forma este viaje es como cerrar una etapa, una puerta y una mansión de mi historia. Como si a partir de ahora Vigo fuese pasado, aunque no deje de ser presente y futuro, y vida. Como si Vigo empezase a ser mío en el momento en que dejarme llevar cobró todo el sentido del mundo o en el que decidisteis prestarme un trocito del vuestro. 
Os llevo en infinitas entradas de cine, postales de "me acordé de ti" y billetes de todos los transportes imaginables. 
 Gracias por los recuerdos, por cambiarme a mejor y por ponerme triste al despedirme de mi casa al otro lado del puente de Rande.
Lo bueno es que 2 años pueden convertirse en toda la vida que tenemos por delante.

Que estoy cansada de perderos
De perderme
De encontrar(n)os mejor
De entender(n)os peor
De decir adiós, sabiendo que lo es



























martes, 11 de julio de 2017

Felices 19

Hay personas que necesitan un empujón, o que tiren hacia arriba para salvarlas. Que sea el mundo el que las apoye sin dejarse caer sobre sus hombros, aliviando un poco su carga. Que sea la música la que las guíe, sin trabarles la lengua ni retorcerles las ganas. Que sea el mar el que las tranquilice, sin ahogar sus gritos de inexacta existencia. Que sea la inspiración la que las haga escalar, sin restarle peldaños a la motivación ni a sus sueños. Que sea el silencio el que les organice sus pensamientos, sin tragarse sus palabras ni alejar a los demás. Que sean su corazón y su insistente cabeza los que suavicen sus preocupaciones, sin cerrar la puerta a los consejos externos. Que sean sus manos las que dibujen su camino, sus errores los que lo borren, su persistencia la que lo reconduzcan de nuevo, sus pies los que lo sigan. Y hay unas pocas que se merecen eso y más. Ese mundo bajo sus pies y esa inmensidad de universo sobre sus cabezas y frente a ellas, con infinitas posibilidades de dibujar, borrar, reconducir y seguir (pero siempre adelante). 
Feliz día, feliz vida.

lunes, 19 de junio de 2017

Tic, tac.

Ya no queda zumo de mandarina porque ya exprimí todos los domingos y los lunes al sol.
Se acaban las vueltas en estas sábanas que se me pegan como los granos de arena a la piel. Como el olor de la crema a las manos que disipan la niebla y la rabia. 
Hay unas pocas nubes difuminadas y rezagadas como los dibujos de alguna noche.
Ya no sé si es el calor el que no me deja dormir o si soy yo, que sé que cuando me despierte mañana, estaré echándoos de menos desde otra etapa de mi vida.
Colecciono puestas de sol sobre la ría y sobre las carreteras infinitas como el mar que me tranquiliza igual que la gente con su (b)risa.
Cierro los ojos y los vuelvo a abrir bajo la marea. Y todavía salto olas y minutos.

Creo que crecer es aprender a despedirse, por eso mi peli favorita sigue siendo Peter Pan. Pero crecer también es saber que, aunque nunca aprenda a decir adiós, a veces hay que tomar decisiones difíciles para que me sigan creciendo las alas, y hoy me toca hacerlo. Vine aquí porque quería ser intérprete, pero me voy con mucho más de lo que quería ser hace 4 años. Dejo atrás tres años maravillosos, algunas personas que valen la pena y las alegrías  y me queda el recuerdo de una ciudad que siento mía y que, a pesar de lo malo, me ha sabido hacer feliz. Y si me da pena decir adiós, aunque no sea uno de verdad, es porque ha merecido la pena.
"Adiós, vista dos meus ollos,
non sei cando nos veremos".

(Porque al fin y al cabo, una despedida no es más que una promesa de volver a vernos. No es más que una carta en el ourensano. No es más que las cenizas de un post-it un lunes cualquiera y arena en el dobladillo de los vaqueros. Nada más que yo cerrando otra etapa, cruzando Rande, dejando mi casa y prometiendo volver).

"Caminante no hay camino, se hace camino al andar", y todo empieza con un paso.

domingo, 4 de junio de 2017

Somos los puentes que nosotros mismos hemos construido

Este partido empezó hace 4 años. Cada vez había más en juego y menos jugadores. Estamos en tiempo de descuento y ningún penalti puede arreglarlo si nos dejamos despistar.
Mentiría si dijese que han sido 4 años perfectos y que no me arrepiento de nada.
Mentiría si dijese que me encantaron las asignaturas y he aprendido un montón en todas ellas.
Mentiría si dijese que recordaré siempre todos vuestros nombres y me alegraré al veros.

Pero esto no va de mentiras y sí hay unas cuantas verdades que os alegrará saber, o no.

Igual que para muchos de vosotros, para mí termina una etapa imperfecta. Esperad, que no es nada malo. Imperfecta porque, aunque pienso seguir teniendo años cada vez mejores, estos han sido increíbles precisamente por su falta de perfección, porque aprendes a que te decepcionen, a que las cosas no salgan como quieres, pero también a ver el lado positivo, a buscar soluciones y a reírte de tus problemas en una terraza. Aprendes que, a veces, tienes que ser tú quien saque las castañas del fuego. Y nadie te enseña a hacerlo.

No sé si he aprendido todo lo que me habría gustado, pero ha habido personas que, igual que a mí, han inspirado a muchos, tanto en Vigo como en el Erasmus. Porque sí, chicos, hemos sobrevivido lejos de casa, con un idioma que no es el nuestro y algunos incluso han aprendido a cocinar. Y hay algunas cosas que, al menos yo, he aprendido: que hay gente que pisoteará a quien haga falta para llegar a donde quiere; que da igual lo que hagas, no te reconocerán ni la mitad; que a veces nos merecemos ser egoístas. Para qué nos vamos a engañar, todos sabemos perfectamente de quién vamos a acordarnos dentro de 5, 10 o 20 años. Y otra cosa que tengo clara es que no solo me olvidaré de la mayoría en unos años, sino que, lejos de desearles mal, espero no volver a encontrarme a unos cuantos. Porque (y menos mal) también he aprendido a alejarme de quien no merece un minuto de mi tiempo.

Pero lo importante es que hay una serie de personas a las que sí quiero darles las gracias. Lo que vengo a deciros es que lo que me voy a llevar es a aquellos que sí te darán la mano para ayudarte a subir, los que realmente te hacen sentir bien. 

Gracias a mi familia por haberme apoyado en mi decisión de quedarme (y también la de irme). Empezar primero no fue fácil, y el volver a una casa vacía los findes no ayudaba, pero estoy segura de que sin el apoyo incondicional de mis padres y mi hermana no habría llegado hasta donde estoy ahora. Las horas por Skype, los vuelos, los viajes, todas esas veces que tuvieron que recordarme que sí valía para esto, que me merecía lo que tenía y que llegaría hasta donde me propusiera llegar. Gracias.

Pero gracias también a mis amigos de toda la vida (o a los que fueron quedando), por hacerme sentir que mi casa no estaba tan vacía, que la distancia no hace olvidar todas las amistades, que Santiago, Coruña y Pontevedra tienen las puertas abiertas para mí y que ese sofá lleva mi nombre. Por los viajes, las vacaciones, las cenas y los planes. Y a mis amigos del Erasmus y de Vigo, ya os he dicho todo lo que quería.

Y no me olvido de vosotros, farándulos y alguno que otro más. Nunca había conocido a tanta gente nueva en tan poco tiempo, a tanta gente diferente y con tantos puntos de vista. Si hay algo que he ganado, es una mente infinitamente más abierta que cuando llegué. Me acordaré de los jueves, las fiestas, las horas en la cafetería, las cartas, el comedor, las canciones, la biblioteca, la cola en la fotocopiadora y el microondas, las clases de los viernes en primero, los martes y jueves hasta las 9, las cenas de clase que cada vez eran más reducidas, el humo que echaba el grupo de whatsapp en exámenes y los rayos de sol de septiembre y mayo exprimidos al máximo en unas escaleras de piedra. Me llevo a nuestros haters, las horas de Ourensano, las apuestas en Samil, las composiciones, las albóndigas de los lunes y los días tontos, las noches de cine casero, los trabajos en grupo y las tardes de estudio conjunto, los planes improvisados, la noche por Santiago y el viaje a Italia. Ya dije que no iba a mentiros, no pensaba que fuera a echar esto de menos, pero supongo que estos dos últimos años habéis conseguido cruzar mi fortaleza, habéis conseguido llegar a la persona sensible que tengo dentro y os habéis ganado un huequito en ella (en terraza y al sol, por favor).

¿Y ahora?
Ojalá lo supiera. 
Los que me conocéis sabéis que me gusta tener las cosas claras y los cabos atados. Los que no, pues eso que os lleváis. El caso es que es la primera vez en mi vida que no tengo un plan, y estoy segura de que muchos estáis igual. Y sin saber yo nada de esto ni tener la más mínima intención de hacerme la entendida, quiero decir que, hagáis lo que hagáis, vivid. Salid de vuestra zona de confort, viajad, sorprendeos, no tengáis miedo a fallar, atreveos también a equivocaros, a saltaros vuestras normas y a decir que sí, pero también que no, hacedlo, improvisad, dejaos llevar (y que siga sonando tan bien), desobedeced y, sobre todo, perseguid lo que buscáis. Pensad en cuando, hace 4 años, o los que sean, estábamos en nuestras respectivas graduaciones de bachillerato, a lo mejor con el pelo más largo o unos tacones más altos, pero con mucho menos mundo, muchas menos ideas y muchísimo más miedo escénico. En aquel momento, todo lo que hemos conseguido ahora, nos asustaba, era ese sendero sin explorar del que ya nos conocemos todos los rincones y todos los secretos, era lo desconocido, y ahora es esa casa que tanto tememos abandonar. Pero también esa que debemos dejar atrás para abrirle la puerta a lo que nos depara el futuro, sea lo que sea. A mí se me abre una puerta y estoy sola frente a ella, pero estamos preparados para cruzarla. Así que, como ya dije alguna vez "yo a priori no sé, pero a posteriori sé que de hasta los errores se aprende. Que siga siendo un a priori todo lo que queráis. Que abras los ojos y seas consciente del precipicio. Que los cierres y que saltes. Que adelante y no mires atrás. Que se cuele un a posteriori en tu cabeza. "Que nadie ose jamás fijar tus metas". Inténtalo. Fracasa. Ten éxito. Gana. Pierde. Adelante, equivócate. Adelante, cómete el mundo".





miércoles, 24 de mayo de 2017

Whatever it takes

Viajar nos predispone para la sorpresa. Y a mí me predispone para tomar decisiones importantes. Creedme que no hay mejor remedio para mi indecisión que salir de mi zona de comfort. No hay puzzle ni rompecabezas que quede sin resolver si me pongo los cascos y cierro los ojos en un avión, en un bus o en un tren. Y creo que viajar nos hace realmente libres. Sé que suena a tópico, pero os prometo que estos últimos meses mi cabeza ha sido un completo desastre, he tenido más altibajos y crisis existenciales que nunca, pero tras un pequeño pico de fiebre post-exámenes, me hacía falta poner en orden mis prioridades. Siempre me duermo en los aviones, muchas veces ni siquiera llego a escuchar la retaíla de normas que sale por la megafonía de Ryanair, pero yo no sé si son las alturas, la forma en la que me abstraigo o el saber que estoy haciendo lo que más me gusta en el mundo (viajar), pero me despierto con las ideas claras y habiendo recuperado las ganas. Las ganas de comerme el mundo, las ganas de conocer gente, las ganas de quedarme y de irme a la vez.

Pero no hablo de irme sin más.  Empiezo a creerme eso de que para encontrarse a uno mismo hay que perderse primero, y que las mejores cosas de nuestras vidas no nos van a pasar sentados en el sofá de nuestra casa. Que los mejores recuerdos que guardo son de planes improvisados o locuras que finalmente salieron adelante con esas caras que cubren mi pared.

La cosa es que va tocando recoger esa pared. Va tocando poner fin a una etapa a la que no quiero ponerle fin, pero a la que necesito ponérselo. Sé que si no me voy ahora, voy a sentirme atrapada y encerrada. Sé que si me quedo, se va a ir amargando el buen sabor de boca que me llevo de esta ciudad. El buen sabor que se merece la que ha sido mi casa.

Porque casa son todos los sitios donde has sido feliz y son todas las personas a las que quieres volver a ver. Casa es el lugar en el que sabes que tienes una cama o un sofá donde pasar la noche. Casa es a quien vuelves a ver una vez al año y te sigue haciendo sentir igual. Es a donde tienes ganas de volver cuando te sientes atrapado, donde tienen guardado un abrazo que cura hasta el tiempo.

Siempre hablo de que no me gustan las despedidas, y lo mantengo. Pero me gustan los reencuentros. Me gusta saber que tengo casas en más de una ciudad. Me gusta saber que toda despedida tiene su parte bonita. Que una despedida es una promesa de volver a vernos. De sentarnos en el mismo bar al menos una vez al año para contarnos cómo nos ha ido el verano, el 2028 y la vida. De contarnos cómo hemos cumplido nuestros sueños, cómo le va a toda la gente a la que no hemos vuelto a ver y cómo se nos ha torcido tan bien el camino.

Sí, claro que estos 4 años no han sido perfectos, pero he crecido como nunca y estoy orgullosa de quién soy ahora, de a quiénes tengo a mi lado y de todo lo que he conseguido, ya sea sola, con ayuda o por inspiración divina.

Llevo mucho rato escribiendo, pero siento que me dejo algo. Como si cuando le diese a publicar se hiciera oficial. Que se acabó, que keep calm and carry on, que lo que era un futuro que me aterrorizaba es ya casi mi pasado y que todos los momentos que recuerdo ahora con cariño son ya parte de mi historia. Esa historia que algún día contaré de cómo Ferrol, Vigo, Santiago, Maastricht y Leipzig se convirtieron en mías. De cómo fui sumando piezas al gran puzzle que forman todas las caras nuevas, todas las fotos, todas las entradas de cine, todas las conversaciones y todas las reconciliaciones.

El caso es que creo que he tomado la decisión de cuál es mi siguiente destino, pero no tengo ni idea de lo que me espera allí. Y mentiría si dijese que eso no me da miedo, porque se puede respirar el miedo que desprendo. Miedo a equivocarme, a perder el contacto. Pero también ganas de acertar y de seguir cogiendo aviones para todas las visitas pendientes. De seguir improvisando planes y de seguir cuadrando fechas.

Habéis sido mi rompecabezas y mi ronda final de trivial de los findes, mis altibajos y mis ganas de quedarme. Me habéis encontrado, y sé que aunque me vaya, casa sois vosotros. Me queda un mes escaso de puestas de sol y risas en esta ciudad, y pienso aprovecharlo hasta que se sequen todos sus charcos y todas sus playas.

Solo quiero decir dos cosas más. No hay un mal camino, solo diferentes opciones que te llevarán tan lejos como quieras y tan alto como te arriesgues. Hace muchos años me contaron que no se dice adiós a quien vas a volver a ver, y por eso digo que, sea a donde sea que me lleva este tren, tenéis una casa. Y que hasta pronto.




lunes, 17 de abril de 2017

Ojalá fuera ficción

Llevo mucho tiempo queriendo escribir sobre este tema. Quizás me he animado porque me parece que por fin ha llegado el momento oportuno. La mayoría de los que leáis esto habéis visto o habéis oído hablar de 13 Reasons Why, esa serie sobre el acoso, sobre el bullying, sobre el suicidio adolescente o como queráis llamarlo. Pero esto no tiene que ver ni conmigo ni con la serie, sino con todos nosotros.

El caso es que parece mentira que haga falta que Netflix vuelva viral algo como esto para que os deis cuenta de que existe. El caso es que, desgraciadamente, no es ficción. Vidas como la de Hannah, como la de Clay, como la de otros personajes... podrían ser las de alguien que conocéis. Podrían ser la de esa chica que siempre va sola y ese chico que no juega al fútbol. Podrían ser la de aquel que sufre todos esos susurros y risitas a su espalda, la de aquella que siente que ha hecho algo para merecerlo. La de los que nadie invita nunca. El caso es que tenéis que mirar más allá de la pantalla del ordenador, porque está pasando más cerca de lo que creéis.

Suena a cliché, pero deberíais tener en cuenta las consecuencias de lo que hacéis. Acción-reacción. De toda la vida. Se me parte el alma cada vez que leo una noticia relacionada con este tema. No se puede vivir mirando por encima del hombro ni pisoteando a todo aquel que se te pone por delante. Un poquito de humanidad, que una sonrisa no cuesta nada, o unas buenas palabras, o incluso el silencio si es mejor que lo que ibas a decir. Aunque a veces es precisamente ese silencio el problema. El silencio ante el no saber qué hacer. El silencio ante el miedo a convertirte también en un blanco. El silencio por vergüenza. El silencio para seguir encajando.

Lo que puede parecer una tontería sea probablemente un mundo para vuestro objetivo, se pueden destrozar muchas sonrisas tontería tras tontería. Porque la montaña es cada vez más grande, y esa otra persona se hunde cada vez más y, cuando os deis cuenta de lo que estáis haciendo, será demasiado tarde para volver atrás. Imaginaos una diana. Absolutamente todo el mundo se ha fijado en esa diana, vais tirando dardo tras dardo. ¿Qué pasa con la gente que estaba a su alrededor? Se aleja. Tienen miedo de que os falle la puntería, de que les salpique algo. Y por ese mismo motivo no se van a meter entre vosotros y vuestra diana. Por ese motivo no van a parar vuestros dardos. Y la diana se acaba cayendo con el peso de vuestros dardos, se acaba rompiendo en pedazos.

Parad. Parad antes de destrozar más cosas: no sabéis por qué hacen o dejan de hacer algo y no sabéis por qué no son como vosotros. A lo mejor porque encerrarse en una pequeña jaula de cristal es más tentador que salir a volar ahí fuera.

Insisto, no me pasa nada, que nadie se asuste, pero todos tendremos siempre un pedacito de culpa de lo que pueda pasarles a los demás. Recapacitad, anda, que la vida está para cometer errores, pero hay errores que no se perdonan. Hay errores que no tienen perdón. Hay errores que destrozan dianas.

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lunes, 3 de abril de 2017

Cause it takes time learning to fly

Marzo vuela y abril aterriza como las últimas hojas del otoño pasado, flotando en ese soplo de aire fresco que tanta falta me hacía.
Las ideas en mi cabeza siguen comportándose como un remolino. Algunas caen, se posan en mi subconsciente y algo me dice que las persiga, pero el cambio de aires las vuelve a hacer despegar.
Y es entonces cuando yo despego también, mi imaginación me lleva muy lejos y muy arriba, y hago equilibrios sobre una cuerda que hay que aflojar. Y llega la caída libre, pero nunca toco el suelo, me nacen alas y sigo creciendo, sigo subiendo y sigo sin poner los pies en la tierra. Pero entonces la tormenta afloja, y con ella la cuerda, con ella los equilibrios. Se va despejando el cielo, y con él, las dudas. Florecen en Keukenhof los tulipanes y en mi libreta las decisiones.

Como un constante tira y afloja de lo que sé y lo que no, de lo que quiero y lo que puedo, de lo posible y lo improbable. 

(Y entonces el viento se levanta otra vez y la brisa de mi playa me hace cambiar de opinión un día más).



Todavía puedo hacerlo mejor y voy a hacerlo mejor.


viernes, 3 de marzo de 2017

Farewell

Érase una vez un futuro. Érase una vez el vacío. Érase una vez la incertidumbre.

Pongamos por supuesto que no tenemos ni idea. Que el pasillo se divide y que las puertas son de todos los tamaños y colores. Pongamos por supuesto que no hemos encontrado la llave que queríamos y que hemos perdido la costumbre de saltar a la piscina. Que ya no sabemos ser valientes, que nos hemos olvidado de cerrar la ventana y hay corriente.

Ahora cierra los ojos. ¿Qué ves?

Yo veo un mundo de posibilidades que giran delante de mis narices. Veo capítulos sin escribir. Veo escaleras hacia el azar. Veo una apetecible caída libre hacia arriba.
Llamadlo suerte, llamadlo destino, llamadlo universo. Pero no le cerréis la puerta.

Pongamos por supuesto que el invierno tiene los días contados, que el viento del norte nos trae la primavera. Que las hojas del calendario vuelan con la brisa de todos los veranos y la prisa de no querer crecer. Siento romper la magia: ya no hay marcha atrás. El último peldaño se fue con las páginas de enero.

Pero... echad la vista abajo. A los lunes al sol y a los planes acelerados, a los cambios de aires y al anticiclón que nos dejó con pies de plomo y la cabeza en las nubes. A los martes de bares y a los "¿hacemos algo?" que nos han dado algo y tanto que hablar, que soñar y que recordar. A la lluvia a cubierto. A quien se fue y no volvió, a quienes volvimos para encontrarnos las piedras mojadas y el mar revuelto.

Pongamos por supuesto que toca marcharse otra vez, que la iniciativa le robó las ganas a la improvisación. Que no quedan rincones ocultos ni días de frío y sol. Que les hemos dedicado días a las listas y hay mil historias que contar. Pongamos... las cartas sobre la mesa, las luces y sombras en la balanza. Supongamos que ya no hay tetris en la agenda que valga, que ya hemos cuadrado todas las fechas y nos han salido redondos todos los planes.

Érase una vez un iglú de sueños. Éranse una vez un funambulista con miedo a las alturas y un trapecista que perdió el equilibrio. Érase una vez el miedo.

Dejemos los supuestos y demos por sentado que solo se puede perder lo que sientes tuyo. Que solo se puede ganar si sigues apostando. Que tenemos que recoger las paredes y apagar las luces. Demos por sentado que todo habrá cambiado cuando decidamos volver. Cuando tengamos fuerza de voluntad. Demos por sentados los juegos de palabras en el cine y las promesas en el coche.

Érase una vez la playa en febrero. Érase una vez una puerta que llevaba cerrada un tiempo y que tenía que abrirse otra vez. Éranse una vez los mejores años de nuestras vidas.

Yo
confío.


jueves, 2 de febrero de 2017

Tal vez


Tal vez llegue un momento en el que tienes que abrir la mano y dejar caer todos los pétalos, en el que ya dé igual si se han marchitado o si todavía conservan sus colores vivos. Unos colores que tal vez recojan el naranja de las puestas de sol y todos los azules de mi playa, todos los grises de tu invierno y el brillo de las estrellas. El verde de la esperanza y el negro del abismo. Incluso un amarillo chillón, como el sol de primavera y como el viento de febrero. No aprietes tanto, no (te) ahogues más.

Tal vez todas las personas que hemos sido nos hayan hecho quienes somos ahora y tal vez te sigas repitiendo que todas menos una. Esa a la que nunca le haces caso, porque claro, no tiene razón, ¿cómo iba a tenerla? Tal vez la tenga. Y sentido común. Experiencia. Tal vez haya recibido palos, sea un poco más toxo, pero esté cubierta de lecciones, de golpes con historia, de historias que contar. Puede que sea complicada, que sea retorcida. Difícil. Que sepa de lo que habla. Constancia, firmeza, perseverancia, convicción.


Pero a veces, solo a veces, tal vez haya que cambiar de piel y decirle adiós (sí, adiós) a una de esas personas que quizás hayas sido para dejar paso a una nueva; porque cuando no caben más, es posible que empiecen a chocar entre ellas y, cuando lo hacen, quien sale con las maletas por la puerta es la complicada, la que ha recibido los golpes, la que sabe de lo que habla. El problema llega cuando te aferras a los "quizás", a los "tal vez", cuando no la aceptas, porque se va, y si lo hace es para no volver. Si no escuchas a tu voz de la experiencia, a tu yo más real, al único carente de "quizás", a tu razón, acabarás perdiéndola. Y (tal vez) estarías perdido.

Porque llega un momento en el que simplemente tienes que dejar que sí o que no. En el que puede que quepa la posibilidad de que quizás no haya más tal vez posible. Escucha y déjate escuchar.

(Feliz día de la marmota)