miércoles, 24 de mayo de 2017

Whatever it takes

Viajar nos predispone para la sorpresa. Y a mí me predispone para tomar decisiones importantes. Creedme que no hay mejor remedio para mi indecisión que salir de mi zona de comfort. No hay puzzle ni rompecabezas que quede sin resolver si me pongo los cascos y cierro los ojos en un avión, en un bus o en un tren. Y creo que viajar nos hace realmente libres. Sé que suena a tópico, pero os prometo que estos últimos meses mi cabeza ha sido un completo desastre, he tenido más altibajos y crisis existenciales que nunca, pero tras un pequeño pico de fiebre post-exámenes, me hacía falta poner en orden mis prioridades. Siempre me duermo en los aviones, muchas veces ni siquiera llego a escuchar la retaíla de normas que sale por la megafonía de Ryanair, pero yo no sé si son las alturas, la forma en la que me abstraigo o el saber que estoy haciendo lo que más me gusta en el mundo (viajar), pero me despierto con las ideas claras y habiendo recuperado las ganas. Las ganas de comerme el mundo, las ganas de conocer gente, las ganas de quedarme y de irme a la vez.

Pero no hablo de irme sin más.  Empiezo a creerme eso de que para encontrarse a uno mismo hay que perderse primero, y que las mejores cosas de nuestras vidas no nos van a pasar sentados en el sofá de nuestra casa. Que los mejores recuerdos que guardo son de planes improvisados o locuras que finalmente salieron adelante con esas caras que cubren mi pared.

La cosa es que va tocando recoger esa pared. Va tocando poner fin a una etapa a la que no quiero ponerle fin, pero a la que necesito ponérselo. Sé que si no me voy ahora, voy a sentirme atrapada y encerrada. Sé que si me quedo, se va a ir amargando el buen sabor de boca que me llevo de esta ciudad. El buen sabor que se merece la que ha sido mi casa.

Porque casa son todos los sitios donde has sido feliz y son todas las personas a las que quieres volver a ver. Casa es el lugar en el que sabes que tienes una cama o un sofá donde pasar la noche. Casa es a quien vuelves a ver una vez al año y te sigue haciendo sentir igual. Es a donde tienes ganas de volver cuando te sientes atrapado, donde tienen guardado un abrazo que cura hasta el tiempo.

Siempre hablo de que no me gustan las despedidas, y lo mantengo. Pero me gustan los reencuentros. Me gusta saber que tengo casas en más de una ciudad. Me gusta saber que toda despedida tiene su parte bonita. Que una despedida es una promesa de volver a vernos. De sentarnos en el mismo bar al menos una vez al año para contarnos cómo nos ha ido el verano, el 2028 y la vida. De contarnos cómo hemos cumplido nuestros sueños, cómo le va a toda la gente a la que no hemos vuelto a ver y cómo se nos ha torcido tan bien el camino.

Sí, claro que estos 4 años no han sido perfectos, pero he crecido como nunca y estoy orgullosa de quién soy ahora, de a quiénes tengo a mi lado y de todo lo que he conseguido, ya sea sola, con ayuda o por inspiración divina.

Llevo mucho rato escribiendo, pero siento que me dejo algo. Como si cuando le diese a publicar se hiciera oficial. Que se acabó, que keep calm and carry on, que lo que era un futuro que me aterrorizaba es ya casi mi pasado y que todos los momentos que recuerdo ahora con cariño son ya parte de mi historia. Esa historia que algún día contaré de cómo Ferrol, Vigo, Santiago, Maastricht y Leipzig se convirtieron en mías. De cómo fui sumando piezas al gran puzzle que forman todas las caras nuevas, todas las fotos, todas las entradas de cine, todas las conversaciones y todas las reconciliaciones.

El caso es que creo que he tomado la decisión de cuál es mi siguiente destino, pero no tengo ni idea de lo que me espera allí. Y mentiría si dijese que eso no me da miedo, porque se puede respirar el miedo que desprendo. Miedo a equivocarme, a perder el contacto. Pero también ganas de acertar y de seguir cogiendo aviones para todas las visitas pendientes. De seguir improvisando planes y de seguir cuadrando fechas.

Habéis sido mi rompecabezas y mi ronda final de trivial de los findes, mis altibajos y mis ganas de quedarme. Me habéis encontrado, y sé que aunque me vaya, casa sois vosotros. Me queda un mes escaso de puestas de sol y risas en esta ciudad, y pienso aprovecharlo hasta que se sequen todos sus charcos y todas sus playas.

Solo quiero decir dos cosas más. No hay un mal camino, solo diferentes opciones que te llevarán tan lejos como quieras y tan alto como te arriesgues. Hace muchos años me contaron que no se dice adiós a quien vas a volver a ver, y por eso digo que, sea a donde sea que me lleva este tren, tenéis una casa. Y que hasta pronto.




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