domingo, 22 de mayo de 2016

Go ahead

Ayer estuve en la graduación de mi hermana, y eso me hizo pensar en muchas cosas. Me di cuenta de lo rápido que pasa todo. El tiempo, las amistades y los sueños. Vuelan. Vuelan lejos y no vuelven. 
Hace ya 3 años que me gradué yo, y 5 años desde que me fui del colegio en el que llevaba toda la vida. Hace 3 años que me fui a vivir fuera de casa, a tres aeropuertos y dos aviones de mi familia. Y en esos tres años he visto más que en los 17 anteriores. Al final va a ser cierto eso de que el tiempo es relativo...
Es relativo porque hay amistades que se van forjando durante años y otras que aparecen de la noche a la mañana. Es curioso eso de la confianza. Y es relativo porque en un año puedes ver más mundo que en toda la vida y en unos meses puedes crear lazos más fuertes que en 10 años. Es relativo porque es inesperado y pasa sin que te des cuenta.
Y cuando te quieres dar cuenta estás haciendo las maletas. Cuando te das cuenta tienes unas cartas y muchas fotos. Cuando te das cuenta has terminado y el mundo te espera. Cuando te das cuenta vas a perder el próximo tren. Y para eso no te preparan.
No te preparan porque no pueden. No pueden prepararte para que desaparezca todo lo que conoces. No hay libro que enseñe cómo recomponerte. No hay examen que valga a la hora de decir adiós, o hasta pronto. Ningún profesor puede decirte cómo salir de tu famosa comfort zone o, al menos, cómo hacerlo sin deshidratarte a base de lágrimas por el camino.
Pero en eso consiste la vida, en ir cruzando largos pasillos; en lanzarse a lo desconocido; en coger ese avión, ese tren; en escribir esa carta y enviar esa foto; en abrazar el pasado y mantener el contacto, pero con un pie en el futuro.
Odiamos los cambios porque no sabemos. No sabemos el destino del tren ni si viene con retraso o no. No sabemos el tiempo que va a hacer allí ni qué meter en la maleta. No tenemos ni idea de a quién nos encontraremos por el camino. We know nothing. Pero ya lo hemos hecho antes.
Esa puerta que tenemos que cruzar para salir, la hemos cruzado para entrar. Y esa sala desconocida se ha convertido en nuestra comfort zone, en esa que no queremos abandonar, pero a la que antes le teníamos tanto miedo. Esa sala fue el futuro, fue el cambio, fue lo desconocido. Esa familia, esos amigos, todos ellos fueron aquellas caras desconocidas con las que te fuiste encontrando por el camino. Los que se sentaban a tu lado en clase, tus compañeros de fiesta, tus confidentes, tu segunda familia... fueron ya algunas de las muchas personas que están ahí fuera.
Y fijaos lo relativo que es el tiempo, que te das cuenta de todo esto mientras estás sentado escuchando discursos ajenos a ti, escuchando canciones, viendo a gente ir y venir del phococall, sintiendo pena por esos abrazos que saben a "hasta nunca". 
Así que para los que estén a punto de saltar, los que estéis cogiendo ese avión: aunque sea inesperado, no cortéis esos lazos, volad lejos, pero llenad las paredes de postales de todo el mundo, de ese mundo que os espera. Cruzad esa puerta, secaos las lágrimas, echad un último vistazo y gritad un gran "hasta la próxima".

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